Asoma a la fortaleza el enemigo invisible. Retazos de historia en los muros del templo. La lucha por el poder se volvió destrucción, cosas del medievo que nos dejan sus trazas.
L as aguas mansas han vencido en desnivel dejando a la luz lo que un día fue Aceredo (Lobios). Cada vez que estas bajan emergen los recuerdos, la curiosidad del visitante que escruta su mirada en cada estante, en los interiores de las viviendas que un día fueron morada y casas de labranza. Nada nuevo, todo nuevo. Desde la colina donde estaba el cementerio hoy trasladado contemplamos el conjunto. Un grupo de visitantes lo transita, el lugar se ha convertido en un centro de visitas, un particular centro de interpretación de la ruina ajena, por el desconcierto que los pueblos otrora con vida representan en todos nosotros. Desde que se inundó hace tres décadas, el tiempo no se ha detenido, ha seguido implacable como aguas arriba, que visto su fantasmal presencia, tampoco es decir mucho. La quietud de las aguas agita los pensamientos, pero ya nada es posible.
Caminos que no nos llevan a ninguna parte, o sí. Hallazgos que son formas, instantes de vida natural que nos habita. El bosque es esperanza, encuentro; signos impenetrables que no se traducen en otra cosa que no sean sus propias imágenes, presencias furtivas que son finitas, vidas que nos esperan más allá de un instante.
Comentarios
Publicar un comentario